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sábado, abril 13, 2019

Lucky corto

Fiel a su estilo de silencioso observador, hizo el último mutis para marchar con el menor ruido posible casi a finales del año pasado. A lo largo de un tiempo divirtió a los lectores de El Corto de Loja con relatos cotidianos llenos de imaginación e ingenio, cuya lectura destila una intención inequívoca de reírse de su propia sombra sin hacer daño a nadie. 

Tratando de evitar el homenaje fácil, mucho menos póstumo, debo reconocer al admirado columnista que supo hacernos reflexionar desde el humor fino, directo y respetuoso en cada entrega de su “Adónde vamos a llegar!”. Hace pocos días lanzaba Manolo Martín la idea de que se editara una recopilación de estos escritos, cosa que aplaudo añadiendo que su lectura sigue provocando hoy la hilaridad del lector y goza, en algún caso, de parecida actualidad. 


Aunque coincida con el viento que sopla en la hora triste de las alabanzas, transcribo aquí una carta abierta que le envié al periódico con fecha de octubre de 1998, hace algo más de 20 años.  

miércoles, febrero 13, 2019

Hilario, Hilario...!

Es fácil que los escolares del Caminillo de hace quince y más años, algunos de los que hoy esperan la salida de sus hijos en el cole, no recuerden al orientador que en vano intentó convencer a sus madres de que no eran hiperactivos, palabreja que proliferaba de forma novedosa por los medios de comunicación para etiquetar, en versión clínica, mucha de la inquietud que tenemos de forma natural cuando hay pocos años y mucha energía. Con ayuda de anécdotas sobre todo, recordarán a las maestras y maestros que les enseñaron algunas de las cosas que saben, sin importarles la programación por competencias que soportaban o las leyes y normas educativas con las que debían lidiar, pero es difícil que se hayan olvidado de Hilario. Poco importa el hecho de que su verdadero nombre sea otro, usado sólo a efectos oficiales, porque en las historias personales de las mujeres y hombres a que me refiero, está reconocido con denominación propia.

sábado, mayo 13, 2017

La que arde y la que cae

Normalmente, no escribo por encargo. Tampoco necesito hacerlo considerando que apenas pretendo el desahogo momentáneo que reconozco como opinión y que seguiré haciendo mientras me encuentre con ganas y haya quien preste su atención o me indique, de forma más o menos razonada, la conveniencia de dejarlo. Aparte, imagino que escribir a petición ajena requiere un mínimo de calidad y aceptación que, en este caso, está por demostrar. Por ahí debí empezar. 

domingo, marzo 12, 2017

El amigo invisible

Tarde o temprano, tenía que aparecer en una de estas columnas, como lo ha hecho su influencia en otras anteriores. Hablo de un amigo de la infancia, compañero de casi todo lo que deja posos, sea la edad escolar, la juventud o la mili y ahora en la lejanía, por las llamadas circunstancias de la vida. César Trujillo, no le gustará cuando lo lea, ha sido para mí una referencia que, de no haber existido, hubiera tenido que inventar para dar nombre a nuestra influencia recíproca por encima del contacto personal, de manera que ya tenía previsto el concepto de “amigo invisible” antes de que apareciera la moda pasajera y estúpida de intercambiar regalos inútiles en navidad.

jueves, octubre 13, 2016

Mi tendero

Imagino que todo el mundo tiene uno en su barrio, para sacarnos de apuro cuando se presenta un compromiso o un olvido a deshora que pone en peligro la tranquilidad familiar. Esta experiencia coincidirá con la de muchos, pero yo cuento la mía, que nace cuando una repentina y contrita conversión a la causa de la igualdad me puso en situación de hacer la compra, tarea de la que apenas supero el grado de aprendiz. Conocido de lejos hasta entonces, he ido descubriendo los misterios de ese oficio y, sobre todo, del personaje. Nadie espera cualidades de mago, confesor, psicólogo y terapeuta en quien te abastece pero, si además de todas esas funciones hace la suya y de forma eficaz, mejor que mejor.

sábado, julio 16, 2016

Cuatro años ya

Va a ser ésta una columna falta de objetividad, cortada por la obstinación y un obituario a deshora. Enviada en su tiempo, esperé en vano su publicación hasta que, al pedir explicaciones, un encargado de la redacción condicionaba este necesario desahogo a la importancia y carácter público del fallecido, categoría en la que no podían entrar mis cálculos, por consistentes que fueran mis razones.