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martes, octubre 08, 2019

Emilio Carrillo

De vez en cuando es una delicia equivocarse, aunque reconocerlo requiera de ciertas habilidades que no siempre tenemos al alcance. Crees saber algo y en tu soberbia de augur, te atreves a pronosticar. Por fortuna, la vida depara sorpresas que hasta puedes disfrutar con tal de que cuentes con un mínimo de humildad y la mitad de generosidad que exiges para tus cosas.  

Me gustaría decir que fui maestro de Emilio, que lo enseñé a leer, a hacer cuentas, a pensar y a ser alguien de provecho, pero no es cierto y posiblemente no le enseñé nada. Cuando lo conocí, yo era un maestro de niños pequeños y él un mozalbete que cumplía a la perfección lo que se suele esperar de su edad: capacidad para amargar la vigilancia de recreo a cualquiera y esa fue mi escasa relación con él. Lo recuerdo, como a tantos, metido en los típicos fregados del patio de la Alfaguara, extenso como para que no hubiera demasiados choques pero alguna vez me tocó hacer de juez, árbitro y víctima –tampoco quiero exagerar- de los encuentros y desencuentros de aquella panda de zangolotinos. Mantenía en su grupo, florida panoplia de lo mejor de cada casa, una camaradería de conveniencia que tanto servía para meter goles y celebrarlos, como para organizar pleitos y voceríos con el consiguiente amargamiento del pardillo de turno que si, como era mi caso, tenía con ellos poca ascendencia al no darles clase alguna, terminaba con la resignación de las causas perdidas y la obligación de aguantar en acto de servicio. En resumen, sin destacar a Emilio por encima de otros, que cada cual tenía su mérito, lo había clasificado en el grupo de los “quemasangre” para un maestro.

lunes, julio 17, 2017

Carta a una Maestra

Así se titulaba un librito escrito hace casi 50 años por un grupo de alumnos de Barbiana, aldea próxima a Florencia, para denunciar su condición de rechazados por el sistema educativo. No siendo el caso- aunque bien pudiera serlo- tomo prestado el título como simple recurso para dirigirme a toda persona que ejerció alguna vez la enseñanza y utilizo la palabra “maestra” como una suerte de comodín que me sirve, tanto para un uso genérico del oficio sin distinción de sexo u otras categorías clasificatorias, como para incluir a quienes debieron llevar otro calificativo con más propiedad y merecimiento. Nadie busque claves personales, pero admitamos que todo lo que escribimos y pensamos está afectado por un grado de subjetividad al que no renuncio.  Cada cual haga su lectura.