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domingo, septiembre 13, 2020

Reparto, órdago y jaque

 




Si cualquier escrito utiliza componentes subjetivos, éste los tiene biográficos. Treinta y ocho años de docencia comprometen y la espera de este comienzo de curso, instalado en el cómodo silencio del jubilado, me produce una zozobra de complicidad culpable que no estoy dispuesto a asumir. Quizás sea más directo de lo conveniente, pero me niego a admitir que los docentes –escribo usando el genérico- deban ser héroes ni mártires.

jueves, agosto 13, 2020

La hora de la verdad.

 

Tras el calor y las fiestas de todos los agostos, cada comienzo de curso intenta poner fin al desorden de horarios y costumbres. Será una obviedad decir que el de este año tiene que ser distinto, añadiendo luego lo del “verano atípico”, pero ahí está septiembre. La normalidad que pretenden las administraciones educativas tiene a padres y docentes sumidos en un mar de incertidumbres, por más que en esta crisis hayamos comprobado que se cambian criterios en cuestión de horas y aún quede plazo suficiente para albergar nuevas inquietudes.    

lunes, julio 13, 2020

En cabeza ajena.

 

Nadie escarmienta en cabeza ajena y nadie debiera experimentar en ese sitio, pero me temo que ocurre. En columnas anteriores he insinuado mi debilidad por los escasos defectos que adornan a nuestros representantes públicos, seguramente porque nunca di el perfil para serlo, pero alguna vez hay que repartir equitativamente la leña y no colgar el sambenito siempre a los mismos. Habrá que asumir nuestra responsabilidad, ésa que tanto añoramos en cuanto sospechamos que nos merman. Que nadie se sienta acusado de algo que corresponde a todos, porque ahí está “la gente” para ser señalada cuando encontramos una culpa sin dueño, cual detritus resbaladizo, candidato a ser pisado, en la acera.

sábado, junio 13, 2020

Trabajo sucio.

 


UNO.- Se mueve cada noche, bajo destellos anaranjados, evitando los deslumbramientos del parpadeo intermitente, los tropiezos con bolsas oscuras y lo que alguien quiso guardar hasta ayer. Alrededor, ruidos habituales además del humo del escape. Sube al estribo para avanzar apenas unos metros y vuelve a repetirse el protocolo de golpes, movimientos y fluir de deshechos. El olor ya no se nota ¿Es eso la fatiga olfativa? Tendrá que ser. Hoy es por una  pandemia, pero aquí siempre hay razones para recelar algún peligro. En este oficio hay que estar inmunizado contra todo y al final, uno se morirá cuando llegue su hora, porque no vas a pasarte la vida acariciando temores. No puedes cambiar de guantes o mascarilla cada vez que agarras el soporte para auparte al camión. Se desvía ahora un coche que los sigue y el impecable aspecto de luciérnaga devuelve su atuendo a la sucia realidad de las polillas. Lleva a cuestas el mismo miedo que tú, pero su aparente dureza no reconocerá, aunque lo hayas visto desde tu balcón, que buscó el abrigo de los contenedores para ocultar una lágrima fruto del temor al contagio, a la atronadora soledad silenciosa o al futuro incierto. Volverá al amanecer y dormirá abrazado a sus escasas certezas soñando con el mundo de antes, pero habrá dejado las calles un poco más limpias.