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jueves, septiembre 13, 2018

Las cosas de comer

En las tediosas siestas de la lejana niñez, cuando el encierro obligatorio duraba lo que el rigor solar y la voluntad de los mayores, resultaba amena la compañía de un gato silencioso, comodón y egoísta que aguantaba estoico las gamberradas de los chiquillos prestando su complicidad a más de una divertida aventura. De él aprendí, uñas por medio, que los pactos amigables pueden romperse en cuanto se toquen las cosas de comer.

lunes, agosto 13, 2018

Silbar y mirar al cielo

Nos guste o no, somos animales sociales y de ello depende, en gran medida, el éxito de nuestro proyecto como especie. La construcción de un puente, una muralla o un cuerpo de ciencia, requieren muchos esfuerzos e ideas bien unidos. Una cofradía, un equipo o cualquier población, demuestran que, al menos a nivel teórico, nadie puede vivir aislado, aunque alguna vez nos seduzca la idea de intentarlo.  

Del mismo modo, cuando vienen mal dadas, es recomendable repartir el quebranto en dosis menores, de manera que, si es posible, se haga más llevadero. Esto algunas veces se consigue de forma espontánea y otras mediante costumbres o normas que originan la cooperación y la solidaridad. 

viernes, julio 13, 2018

Lo que yo te diga


Hacer presente lo pasado para recordarlo y revivirlo es una tarea apasionante y tal vez necesaria. Por eso ha seducido siempre la historia a los humanos, aunque arrastre la dificultad de un acuerdo sobre los sucesos que interesen a cada cual. Otra diferencia ventajosa sobre los parientes irracionales que nos recompensa en forma de disfrute y enseñanza necesaria para situaciones venideras. Considerada como una ciencia, la historia estudia y narra los hechos del pasado aunque tengamos que admitirle los riesgos de verse expuesta al peaje de la subjetividad, del error inocente y, por supuesto, a la manipulación, lo que añadirá mérito al trabajo del historiador.

viernes, junio 15, 2018

Levanto el dedo

Con el respeto debido, pero sin tregua, necesito hacerle una petición, señor presidente. Han pasado cuatro meses desde que tuve el atrevimiento –que a eso no le llamo valor, puesto que lo hacía con mínimas posibilidades de que llegara al destinatario- de dirigirme a quien le precedía en su actual cargo y carga. Visto el caso que se me hizo y consciente de que esta petición tendrá parecido destino (mas, por si acaso) renuevo el brindis al sol y me dirijo a usted, uniéndome al coro de impacientes que desde el primer día preguntan por lo suyo.

En el mes de febrero titulaba mi columnilla “sin esperanza” y en ella ofrecía a su antecesor la oportunidad de convertir en gesta patriótica una inevitable descomposición que se adivinaba gravitando hacia el desastre. Las consecuencias de no escucharme, dispense la inmodestia, no se han hecho esperar.  De nuevo, echo mano del comodín de la osadía para salir este mes con un título que, al menos, pretende. Algo han cambiado las cosas desde entonces, a usted qué le voy a contar, porque nadie esperaba semejante discurrir de los acontecimientos. Tanto es así que, sorprendidos por la rotura del circuito inerte de la frustración, más de uno está pidiendo sus tres deseos a la lámpara maravillosa antes de que el nuevo día lo devuelva a la cruda realidad de hace semanas.