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viernes, septiembre 13, 2019

Diálogo de sordos

Desde hace demasiado tiempo sospecho que convivo con un problema lingüístico, no sé si mío o del entorno, porque interpreto los mensajes de una forma que luego parece no se corresponde con la realidad. No se trata de la lógica pérdida auditiva que a algunos acarrea el paso del tiempo, no. Creo que es otra cosa, aunque dudo si sabré explicarlo.

Me enseñaron que comunicación es el intercambio intencional de significados compartidos. Lo explicaba así un ponente añadiendo un ejemplo elemental de comunicación entre animales: el cruce de miradas entre un perro y un gato, contiene una emisión de señales, del tipo que sean, pero sujetas a un código y al análisis de los significados que ambas partes comprenden, incluso cada uno a su manera. Al final aparece una respuesta que suele ser de ataque, de huida o de indiferencia. La cosa es tan sencilla, que los bichos no necesitan filósofos, ni jueces para resolver sus litigios, excepto en las fábulas, ideadas para enseñarnos y quizás para devolver cierta apariencia de justicia a los irracionales, mientras nos recuerdan lo mucho que compartimos con ellos.  

sábado, agosto 10, 2019

Si fuera vasco

Si yo hubiera nacido en esa hermosa tierra me parecería la mejor del mundo y, como no puede ser de otra manera, me sentiría orgulloso por un azar que tiene parecido mérito al de haber nacido en cualquier otra parte del mundo, el mismo que llevar unos apellidos que ni elegimos ni merecemos; mucho más si consideramos que la historia de esta piel de toro acumula suficientes convulsiones, repoblamientos y guerras como para habernos mezclado más de lo que muchos piensan. Pero si fuera como decía al principio, me sentiría algo más legitimado, desde el rasero del paisanaje, para dirigirme al ahora político vasco que hace días fue entrevistado en la primera cadena para regocijo de algunos y absoluta náusea de otros. 

No lo trataría de paladín de la paz ni de terrorista irredento, que eso ya lo habrán hecho otros, pero puesto en las condiciones del párrafo anterior, me gustaría poder decirle que está aprovechando los huecos que le deja la tolerancia democrática para promover tópicos locales que desprestigian su tierra. Es verdad que deberíamos tenerlos superados, pero perduran inevitablemente y definen a los demás en el sentir colectivo. Así, durante muchos años, el resto de españoles hemos admirado en los habitantes de las vascongadas, se le denomine territorialmente como se quiera, el carácter noble y valeroso; aventurero y rebelde muchas veces, pero nunca cobarde o indigno.

viernes, julio 12, 2019

Romper tópicos

Aborrezco los tópicos con la misma reiteración que me abrazo a ellos, pero considero una suerte descubrir que nos equivocamos con frecuencia y aprovechar para aprender por el común y antiguo camino del ensayo y el error. Debería admitir, para comenzar, que uno de mis sarpullidos más recurrentes ha sido siempre la gestión de asuntos relacionados con la burocracia. Después de muchos años bregando y formando parte de la administración pública, había llegado a asumir que un gran número de las personas que trabajan en un despacho, son piezas de una maquinaria necesaria, casi siempre insustituible, pero normalmente alejada de las circunstancias personales de los usuarios. 

Pedir turno para una gestión urgente y encontrar una cola interminable, atendida por el funcionario más lento del mundo, puede ser la pesadilla de muchos. Con frecuencia, nuestro personaje se halla rodeado de otros compañeros muy serios que escudriñan pantallas ocupados en asuntos inaplazables con una dedicación que pone en duda su existencia, la de las prisas o el movimiento del mundo. La mínima prudencia impone un silencio –romperlo sería un error de fatales consecuencias – pero cuesta sustraerse a calcular el ahorro de horas que tendría el país si se priorizara la atención a los que esperan, igual que a veces hacen en el súper. Ocurre alguna vez, y no es una excepción, que en pleno éxtasis administrativo, se caiga el sistema y haya que llamar a los informáticos, cosa de la que nadie tiene culpa. Las miradas impacientes al reloj tampoco mejoran nada, así que mejor ahorrar gestos inapropiados.

domingo, junio 09, 2019

Yo confieso

Aunque me cueste, debo confesar mi culpabilidad en la muerte de Verónica. Ya conocen el caso de esta madre de 32 años, trabajadora en una empresa que monta camiones, a la que la vida se le ha hecho insufrible tras la difusión entre la mayoría de sus 2.500 compañeros de trabajo, de un vídeo de contenido sexual que ella misma se había grabado cinco años antes, cuando pensaba ingenuamente que era dueña de administrar su imagen. Nadie podía prever que las miradas inquisitivas, los cuchicheos o el ejercicio libertario de compartir un contenido, iban a tener esa consecuencia; así que, en previsión de que la responsabilidad se diluya en un nadie impersonal, voy a proclamar mi derecho a ejercer de acusado. Cada cual piense lo que quiera a la hora de ponerse a solas delante del espejo.