Pocas tareas he conocido tan duras como la del estudio. Ya sé que dicho así puede resultar una afirmación provocadora, por lo que me pregunto y reitero ¿hay muchas personas que en la edad mágica y crítica que nos lleva de los 10 a los 25 años, consideren que el estudio es necesario, agradable u objeto de disfrute? Más bien se tolera como una imposición del grupo social, aceptada de forma inevitable por recomendación de los que nos quieren y tutelan, bajo la lejana y no cierta promesa de que un día terminará para liberarse del encierro forzado que cambió los colores de la vida libre por la presión de los libros, los exámenes, la soledad y el ensimismamiento repetitivo. O sea, que en una lista de prioridades, no es probable que el gusto por el estudio esté antes del décimo lugar, exagerando poco.
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viernes, septiembre 16, 2016
viernes, agosto 12, 2016
Vándalos
Llegaron del norte de Europa en el siglo V, aprovechando las debilidades del imperio romano, y asolando, como era costumbre, cuanto encontraban a su paso, para instaurar reinados efímeros y errantes. Lo que debió ser una estrategia de eficacia conquistadora a base de terror, muy frecuente también entonces, tomó la acepción semántica que les adjudicaba, casi en exclusiva, la etiqueta de la destrucción. Tras un establecimiento breve en el valle del Guadalquivir, pasaron al norte de África y un siglo después quedaba de ellos, para la historia, un término para designar cualquier actitud devastadora.
sábado, julio 16, 2016
Cuatro años ya
Va a ser ésta una columna falta de objetividad, cortada por la obstinación y un obituario a deshora. Enviada en su tiempo, esperé en vano su publicación hasta que, al pedir explicaciones, un encargado de la redacción condicionaba este necesario desahogo a la importancia y carácter público del fallecido, categoría en la que no podían entrar mis cálculos, por consistentes que fueran mis razones.
jueves, junio 16, 2016
Antes de nada
No es la primera vez y tampoco creo que sea la última. Con una columna preparada para saldar una vieja cuenta que mantengo con quienes realizan uno de los trabajos más duros que conozco -los estudiantes- me sorprende la urgencia de otros acontecimientos y se cruza una idea que desplaza lo previsto. Dejo para la próxima entrega, si me aguanta la redactora, esta deuda con los libros para lanzar una andanada a la corrupción, que amenaza con ahogarnos o con otro peligro no menor, el de acostumbrarnos a convivir con ella. Sin entrar en honduras lingüísticas, el término aproxima a cualquiera a la idea de podredumbre, putrefacción y mal olor.



