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lunes, enero 13, 2020

Nos hacen torpes


 Hubo un tiempo, es verdad que lejano, en el que el dominio de la lectura y la escritura marcó una frontera que nos clasificaba y permitía el acceso a la mayoría de conocimientos. Por inevitable fortuna, dejamos atrás ese filtro mientras aparece otro, de más amplio cometido, como es la utilización de automatismos y medios digitales que se adornan de pretendidas facilidades para nuestra vida, al precio de hacernos más diferentes frente a las complicaciones que asumimos.

Para muestra, el empeño de las entidades bancarias en proponernos operaciones que debemos hacer nosotros mismos – manteniendo las comisiones- para cualquier gestión. No se conforman con que sepamos sacar dinero del cajero automático, sino que insisten para que aprendamos a pagar con el móvil y otras tareas que harán innecesarios los puestos de trabajo de los mismos que nos enseñan.

viernes, diciembre 13, 2019

El patito feo

Reconociéndonos diferentes, y alguna vez exclusivos, a todos tranquiliza ser y sentirse iguales a los que están cerca. Es de suponer que el deseo de igualdad se refiera a la parte deseable, que nadie quiere parecerse en desgracia ni desvalimiento. Cuando estas líneas lleguen a los ojos de un lector, tal vez sigan iluminados por el doble efecto de los destellos que nos anuncian las fiestas navideñas, uno que nos atrae como polillas hacia la luz, igualándonos en ilusiones y buenos deseos, y otro que deslumbra y hace invisibles tantas diferencias y exclusiones, logrando con ello un efecto sedante. 

Me recordaba hace días un amigo su pesar infantil – porque entonces no se decía trauma- al tener que asistir a la escuela de parvulitos vestido con un baby que su madre le había hecho con todo el primor del mundo, pero con la mínima diferencia de que era beige en lugar del blanco que lucían todos los demás niños. Había que aprovechar la tela de un guardapolvos del hermano mayor –que aquello sí era una crisis permanente- de manera que la fila diaria añadía argumentos a su escasa afición por la escuela, a la vez que le hizo entender el cuento del patito feo sin necesidad de que se lo contaran.  

miércoles, noviembre 13, 2019

Palabras para Julia

La última etapa laboral, que con frecuencia se vuelve una tediosa cuenta atrás, fue para mí una agradable experiencia hasta el punto de sentir alguna vez que me pagaban por algo que debí pagar. Con el pudor de reconocerme privilegiado, viví este tiempo desde el entusiasmo de nuevos aprendizajes e inesperadas oportunidades. Una de ellas fue la de conocer a personas como Julia, nombre que copié para el título, de un poema de José Agustín Goytisolo, como si también este cuento hubiera sido escrito pensando en ella.  

Érase una vez  una madre trabajadora, joven y valiente como son las madres, que llevaba  a su niño a la escuela y parecía un modelo de mujer feliz. Enamorada incluso después de que su familia lograra abrirle los ojos para que viera una evidencia a la que los cerraba obstinada: el amor de sus últimos años, el padre de su hijo y de su pequeña recién nacida, llevaba una doble vida que ella se negaba a reconocer, porque le parecía imposible, hasta que pudo verlo incluso con los ojos cerrados. De no haber sido por una cosa, hubiera sido por otra, de manera que se quedó sola, joven y rota. Por razones que no vienen al caso, me tocó intervenir cuando Julia se debatía con los desvelos de cualquier mamá de escolares: las carreras de cada mañana, la ayuda en las tareas de cada tarde, la bebé, el trabajo, la casa, las noches, las fiebres, las vacunas y la costosa separación de sus retoños cuando empezaron a pasar los fines de semana con el padre y la persona que los había separado de él. 

martes, octubre 08, 2019

Emilio Carrillo

De vez en cuando es una delicia equivocarse, aunque reconocerlo requiera de ciertas habilidades que no siempre tenemos al alcance. Crees saber algo y en tu soberbia de augur, te atreves a pronosticar. Por fortuna, la vida depara sorpresas que hasta puedes disfrutar con tal de que cuentes con un mínimo de humildad y la mitad de generosidad que exiges para tus cosas.  

Me gustaría decir que fui maestro de Emilio, que lo enseñé a leer, a hacer cuentas, a pensar y a ser alguien de provecho, pero no es cierto y posiblemente no le enseñé nada. Cuando lo conocí, yo era un maestro de niños pequeños y él un mozalbete que cumplía a la perfección lo que se suele esperar de su edad: capacidad para amargar la vigilancia de recreo a cualquiera y esa fue mi escasa relación con él. Lo recuerdo, como a tantos, metido en los típicos fregados del patio de la Alfaguara, extenso como para que no hubiera demasiados choques pero alguna vez me tocó hacer de juez, árbitro y víctima –tampoco quiero exagerar- de los encuentros y desencuentros de aquella panda de zangolotinos. Mantenía en su grupo, florida panoplia de lo mejor de cada casa, una camaradería de conveniencia que tanto servía para meter goles y celebrarlos, como para organizar pleitos y voceríos con el consiguiente amargamiento del pardillo de turno que si, como era mi caso, tenía con ellos poca ascendencia al no darles clase alguna, terminaba con la resignación de las causas perdidas y la obligación de aguantar en acto de servicio. En resumen, sin destacar a Emilio por encima de otros, que cada cual tenía su mérito, lo había clasificado en el grupo de los “quemasangre” para un maestro.