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miércoles, noviembre 13, 2019

Palabras para Julia

La última etapa laboral, que con frecuencia se vuelve una tediosa cuenta atrás, fue para mí una agradable experiencia hasta el punto de sentir alguna vez que me pagaban por algo que debí pagar. Con el pudor de reconocerme privilegiado, viví este tiempo desde el entusiasmo de nuevos aprendizajes e inesperadas oportunidades. Una de ellas fue la de conocer a personas como Julia, nombre que copié para el título, de un poema de José Agustín Goytisolo, como si también este cuento hubiera sido escrito pensando en ella.  

Érase una vez  una madre trabajadora, joven y valiente como son las madres, que llevaba  a su niño a la escuela y parecía un modelo de mujer feliz. Enamorada incluso después de que su familia lograra abrirle los ojos para que viera una evidencia a la que los cerraba obstinada: el amor de sus últimos años, el padre de su hijo y de su pequeña recién nacida, llevaba una doble vida que ella se negaba a reconocer, porque le parecía imposible, hasta que pudo verlo incluso con los ojos cerrados. De no haber sido por una cosa, hubiera sido por otra, de manera que se quedó sola, joven y rota. Por razones que no vienen al caso, me tocó intervenir cuando Julia se debatía con los desvelos de cualquier mamá de escolares: las carreras de cada mañana, la ayuda en las tareas de cada tarde, la bebé, el trabajo, la casa, las noches, las fiebres, las vacunas y la costosa separación de sus retoños cuando empezaron a pasar los fines de semana con el padre y la persona que los había separado de él. 

martes, octubre 08, 2019

Emilio Carrillo

De vez en cuando es una delicia equivocarse, aunque reconocerlo requiera de ciertas habilidades que no siempre tenemos al alcance. Crees saber algo y en tu soberbia de augur, te atreves a pronosticar. Por fortuna, la vida depara sorpresas que hasta puedes disfrutar con tal de que cuentes con un mínimo de humildad y la mitad de generosidad que exiges para tus cosas.  

Me gustaría decir que fui maestro de Emilio, que lo enseñé a leer, a hacer cuentas, a pensar y a ser alguien de provecho, pero no es cierto y posiblemente no le enseñé nada. Cuando lo conocí, yo era un maestro de niños pequeños y él un mozalbete que cumplía a la perfección lo que se suele esperar de su edad: capacidad para amargar la vigilancia de recreo a cualquiera y esa fue mi escasa relación con él. Lo recuerdo, como a tantos, metido en los típicos fregados del patio de la Alfaguara, extenso como para que no hubiera demasiados choques pero alguna vez me tocó hacer de juez, árbitro y víctima –tampoco quiero exagerar- de los encuentros y desencuentros de aquella panda de zangolotinos. Mantenía en su grupo, florida panoplia de lo mejor de cada casa, una camaradería de conveniencia que tanto servía para meter goles y celebrarlos, como para organizar pleitos y voceríos con el consiguiente amargamiento del pardillo de turno que si, como era mi caso, tenía con ellos poca ascendencia al no darles clase alguna, terminaba con la resignación de las causas perdidas y la obligación de aguantar en acto de servicio. En resumen, sin destacar a Emilio por encima de otros, que cada cual tenía su mérito, lo había clasificado en el grupo de los “quemasangre” para un maestro.

viernes, septiembre 13, 2019

Diálogo de sordos

Desde hace demasiado tiempo sospecho que convivo con un problema lingüístico, no sé si mío o del entorno, porque interpreto los mensajes de una forma que luego parece no se corresponde con la realidad. No se trata de la lógica pérdida auditiva que a algunos acarrea el paso del tiempo, no. Creo que es otra cosa, aunque dudo si sabré explicarlo.

Me enseñaron que comunicación es el intercambio intencional de significados compartidos. Lo explicaba así un ponente añadiendo un ejemplo elemental de comunicación entre animales: el cruce de miradas entre un perro y un gato, contiene una emisión de señales, del tipo que sean, pero sujetas a un código y al análisis de los significados que ambas partes comprenden, incluso cada uno a su manera. Al final aparece una respuesta que suele ser de ataque, de huida o de indiferencia. La cosa es tan sencilla, que los bichos no necesitan filósofos, ni jueces para resolver sus litigios, excepto en las fábulas, ideadas para enseñarnos y quizás para devolver cierta apariencia de justicia a los irracionales, mientras nos recuerdan lo mucho que compartimos con ellos.  

sábado, agosto 10, 2019

Si fuera vasco

Si yo hubiera nacido en esa hermosa tierra me parecería la mejor del mundo y, como no puede ser de otra manera, me sentiría orgulloso por un azar que tiene parecido mérito al de haber nacido en cualquier otra parte del mundo, el mismo que llevar unos apellidos que ni elegimos ni merecemos; mucho más si consideramos que la historia de esta piel de toro acumula suficientes convulsiones, repoblamientos y guerras como para habernos mezclado más de lo que muchos piensan. Pero si fuera como decía al principio, me sentiría algo más legitimado, desde el rasero del paisanaje, para dirigirme al ahora político vasco que hace días fue entrevistado en la primera cadena para regocijo de algunos y absoluta náusea de otros. 

No lo trataría de paladín de la paz ni de terrorista irredento, que eso ya lo habrán hecho otros, pero puesto en las condiciones del párrafo anterior, me gustaría poder decirle que está aprovechando los huecos que le deja la tolerancia democrática para promover tópicos locales que desprestigian su tierra. Es verdad que deberíamos tenerlos superados, pero perduran inevitablemente y definen a los demás en el sentir colectivo. Así, durante muchos años, el resto de españoles hemos admirado en los habitantes de las vascongadas, se le denomine territorialmente como se quiera, el carácter noble y valeroso; aventurero y rebelde muchas veces, pero nunca cobarde o indigno.