Pocas tareas he conocido tan duras como la del estudio. Ya sé que dicho así puede resultar una afirmación provocadora, por lo que me pregunto y reitero ¿hay muchas personas que en la edad mágica y crítica que nos lleva de los 10 a los 25 años, consideren que el estudio es necesario, agradable u objeto de disfrute? Más bien se tolera como una imposición del grupo social, aceptada de forma inevitable por recomendación de los que nos quieren y tutelan, bajo la lejana y no cierta promesa de que un día terminará para liberarse del encierro forzado que cambió los colores de la vida libre por la presión de los libros, los exámenes, la soledad y el ensimismamiento repetitivo. O sea, que en una lista de prioridades, no es probable que el gusto por el estudio esté antes del décimo lugar, exagerando poco.